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La Huelga 1
Muerte gloriosa la de aquel día memorable en que los mineros se declararon en huelga. No murió, como mueren otros días, envuelto en una mortaja lívida, sino que le tocó en suerte que el sol le concediera las más suntuosas púrpuras en que él mismo se arropa cuando bondadoso se despide para ir a prodigar luz, calor y vida a otras regiones de su hija Tierra.
            Los mineros habían adoptado aquel día resoluciones de importancia: no trabajarían más por el sueldo miserable que les pagaban las compañías; no era posible hacer una vida humana con aquellos salarios de hambre; ¡caramba! Se partía el corazón de ver a los chicuelos tripudos, liendrudos, correteando entre el polvo, hambrientos de golosinas y de pan, sin más distracción que la que es proporcionada por la mansedumbre del perro sarnoso que, sin chistar, sufría de ellos pellizcos y mordizcones en narices y orejas. No; aquello no podía continuar así, era preciso tomar una resolución enérgica; los zapatos de las mujeres parecían campechanas: los de los hombres recordaban al caimán, cuando tiene abiertas las mandíbulas para atrapar moscas; ¿y qué decir de los vestidos? Andrajos, verdaderos andrajos, color de ala de mosca, y que, si sus poseedores los hubieran abandonado, habrían caminado solos movidos por lo piojos; la situación no podía ser peor; en los jacales faltaba lumbre a las hornillas; la escasa boñiga que podía obtenerse, tenían que comprarla al amo de la hacienda cercana, y para no gastar mucho en combustible, menester era dejar “parados” los frijoles y no dar al nixtamal el “punto” requerido, de suerte que las tortillas resultaban indigestas. Total: que los mineros se habían declarado en huelga, pidiendo aumento de salario y disminución de la jornada de trabajo a ocho horas. Harto habían suplicado a las compañías porque se les atendiera en sus pretensiones y puesto que ellas se habían mostrado sordas, no suplicarían más: ahora dejaban el trabajo, ¡a ver quién ganaba!
            Días después de aquel memorable que tuvo por mortaja las púrpuras del buen sol, los mineros se encontraban congregados con sus familias al pie de la colina cubierta por la nopalera, gracias a la cual no habían perecido de hambre, pues aunque la Unión de Mineros pasaba una ración diaria de maíz y frijol a cada obrero, esta no bastaba para calmar las exigencias del estómago, y preciso era recurrir a las tunas, a los nopales y a las biznagas.
            Los mineros parecían poseídos de una gran impaciencia: aguardaban al organizador de la Unión, y éste no llegaba. No faltaba quien murmurara: ¡claro está! como el organizador gana sus cinco pesos diarios y no está sujeto a la pobre ración que a nosotros se nos da, no tiene prisa en arreglar los asuntos de la huelga.
            Los comentarios menudearon hasta que los gritos de ¡ya viene, ya viene allí! pusieron término a murmuraciones y comentarios; por el rumbo de Oriente un carruaje se aproxima a gran velocidad, llegando a los pocos momentos. De él descendió el organizador.
            ¾¡Viva la Unión!¾ gritó alguien.
            ¾¡Viva!¾ gritó aquella multitud de hombres, mujeres, ancianos y niños.
            El organizador saludo y dijo:
            ¾Compañeros: os traigo una buena noticia: el gobierno ha intervenido en este asunto de la huelga, y de hoy a mañana se celebrará una conferencia entre representantes de la Unión, del gobierno y de las compañías. Con el apoyo del gobierno ganaremos la huelga.
            El entusiasmo que produjeron estas palabras fue grandísimo: los hombres arrojaban a lo alto sus sombreros de palma; las mujeres agitaban los rebozos como banderas saludando al triunfo; los chicuelos echaban machincuepas en el suelo polvoriento: los amigos se abrazaban; los hombres besaban a sus mujeres; por las mejillas ajadas de los viejos resbalaban lagrimas de alegría, ¡cuánto alivia la esperanza a los atormentados corazones!
***
            En el interior de los jacales reinan la tristeza y el desaliento. Hace un mes que el gobierno carrancista prometió intervenir en favor de los obreros, y hasta la fecha no se han sentido los efectos benéficos de dicha intervención. Las compañías no atienden las demandas de los trabajadores, y no ha faltado quien haya visto a uno de los funcionarios de la Unión, tomando alegremente unas copas de coñac con uno de los representantes de las compañías. ¿Será cierto ¾se preguntaban aquellas gentes sencillas,¾ lo que dice REGENERACIÓN, que el gobierno no puede ser el amparo del débil? Y los comentarios abundaban; seguramente que aquel periódico tenía razón; ¿no se estaba viendo con toda claridad que la famosa intervención del gobierno había sido una vil engañifa, para que los trabajadores no perdieran la paciencia?
            En el jacal de Tomás, el heroico barretero cuyos barrenos eran famosos en toda la comarca, se celebraba un mitin. Treinta barreteros y rezagadores se encontraban presentes. Allí estaba Tumba-cerros, el barretero que se jactaba de haber desmoronado en su vida tantas rocas como las que forman la enorme mole del cerro de La Bufa; no faltaba El Tuso, rezagador que se vanagloriaba de haber vivido más en el interior de la tierra que en la superficie; Pata de Ala estaba presente, lo mismo que El Muerte, El Tencuacho, y todos los que más se distinguían en aquellos campos por su carácter independiente y altivo. El jacal demasiado estrecho, apenas podía contener a la asamblea; apretados como sardinas en la lata, aquellos trabajadores no se quejaban de la apretura, ni hacían aprecio del calor sofocante. Estaban allí congregados para buscar los medios que habían de permitirles salir de la condición en que se encontraban con sus pobres familias. Tomás, que está al lado de su compañera Luisa, se pasa la mano por la frente para desembarazarla del sudor, tose y dice:
            ¾Compañeros: mientras el trabajador no tome a su cargo la solución de sus problemas peculiares, siempre será la víctima del engaño y de la traición. Es necesario que hagamos a un lado esa mala costumbre que siempre hemos tenido de encomendar a otros la obra de nuestra emancipación, costumbre que ha dado como resultado la perpetuación de nuestra esclavitud. Recordad que siempre se nos ha engañado y traicionado.
            Los trabajadores escuchaban atentamente las sencillas palabras de Tomás. El calor era intenso; las moscas se congregaban en las narices atascadas de mocos de un niño que dormía cerca de los tenamaxtles 2. Tomás continúa:
            ¾Tumba-cerros, El Tencuacho, El Muerte, El Tuso, y yo, tuvimos una conversación con el Presidente de la Unión. Le manifestamos que la ración que se nos da hoy no es ni la mitad de la que se nos daba al principio de la huelga, y que por lo mismo, si entonces no bastaba esa ración para mal comer, menos bastaba hoy. Le dijimos que, en nuestro concepto el paso que debería dar la Unión era declarar que las minas y las fundiciones fueran propiedad de los trabajadores, para que nosotros operásemos la industria por nuestra cuenta, y que, en seguida, nos pondríamos de acuerdo con los trabajadores de las demás industrias para que siguieran nuestro ejemplo y unidos todos los productores regulásemos la producción sobre nuevas bases; las de las necesidades publicas y no más las del lucro personal de los que se dicen dueños de ellas, y que, por lo que al consumo respecta, cada quien tomaría lo que necesitase de las bodegas y almacenes de la comunidad. El Presidente se rió en nuestras barbas declarando que éramos unos necios; que eso no era otra cosa más que anarquismo y nos aconsejo que no leyéramos el periódico obrero llamado “Regeneración.” Insistimos en que lo que exponíamos era lo justo, y volvió a reírse de nosotros, acabando por fin por enfadarse y mandarnos a paseo.
            Tomás aspira con fuerza el aire envenenado que circula en el interior del jacal; se escuchan algunas toses; El Muerte se suena estrepitosamente con los dedos y se limpia en los calzones; al estrépito, se alarma la gallina que Luisa tiene empollando en un cajón, y cloquea; el perro lanza un gruñido; las moscas zumban; El Tuso está atareadísimo escarbándose con el índice las fosas nasales; Pata de Ala se rasca la cabeza. Tomás prosigue:
            ¾Ahora, compañeros, debemos tomar una determinación. Por lo que os he expuesto, se comprende que los funcionarios de la Unión, al mermarnos las raciones, cuando ellos tienen su mesa bien puesta, están de acuerdo con las compañías para hacernos rendir por hambre.
            ¾¡Eso nunca!¾grita una voz que parece haber sido hecha a propósito para servir de trueno en las tempestades revolucionarias. ¾¡No nos rendiremos!
            El jacal se estremece a la vibración de aquella voz de tormenta; las moscas, espantadas, abandonan por un momento las narices del chamaco y revolotean, zumbando, para volver a prenderse de ellas, fastidiosas y tercas.
            ¾¡A la expropiación!¾grita otra voz que por su timbre, parece haber sido reproducida por todos los dolores, por todas las amarguras, por todas las cóleras acumuladas por siglos de esclavitud en el pecho de los pobres.
            ¾¡Viva el Partido Liberal Mexicano!¾gritó El Tuso, en cuyos ojos ardía un fuego sagrado.
            ¾Viva ¡Tierra y Libertad!¾gritó Tomás, y la asamblea entera, como si sus componentes se hubieran puesto de acuerdo para ello, canta delirante las viriles estrofas de la Marsellesa Anarquista:
            “No más al amo gobernante;
            Por vil salario queremos servir;
            Ya no más la limosna humillante;
            Ya no más suplicar ni pedir.”
            Y los treinta proletarios se echan fuera del jacal cantando, gritando, llorando unos de emoción... ¡Al fin iban a emanciparse los esclavos! El sol besó amoroso las frentes de aquellos héroes que marchaban de frente a la expropiación.
***
            A los diez minutos, aquel pequeño grupo de anarquistas estaba reforzado por más de quinientos proletarios, hombres, mujeres, ancianos, niños, hasta los enfermos que abandonaban sus lechos para arrastrarse en pos de aquella masa ansiosa de ser libre. Dos horas más tarde, diez mil proletarios se encontraban reunidos al pie de la colina donde les había hablado el organizador hacía poco más o menos un mes.
            No hay para que decir que el organizador de la Unión brillaba por su ausencia. Por lo demás, ningún parásito puede existir cuando son los trabajadores los que toman por su cuenta la obra de su emancipación. Todos hablaban en voz alta; cada cual se sentía libre. No había allí ningún redentor ante quien inclinarse: todos eran redentores.
            En menos de una hora, todos se pusieron de acuerdo: los trabajadores de las minas, volverían al día siguiente al trabajo a trabajar por su cuenta y no más para las compañías; los trabajadores de las fundiciones, harían otro tanto; comisiones de mineros y de fundidores salieron inmediatamente a invitar a los campesinos, a los tejedores, a los sastres, a los zapateros, a los panaderos, a los trabajadores de todas las industrias a que imitarán tan noble ejemplo, y se obró con tal actividad y energía que cuando Carranza quiso enviar tropas para proteger a los capitalistas, la expropiación ya había triunfado y los soldados no se atrevieron a atacar a aquella masa de seres emancipados, dispuestos todos a perder la vida mejor que continuar arrastrando una existencia llena de humillaciones.


1  Regeneración, 4ta. época, núm. 210, octubre 30 de 1915; p. 3.

2“Entre los indígenas y gente pobre, cada una de las tres piedras que componen el fogón y sobre las cuales se coloca la olla, el comal, etc., para cocinar o cocer.” Francisco J Santamaría, Diccionario de mejicanismos.

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